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martes, 27 de septiembre de 2016

RECUERDOS DE NIÑA (Fragmento)

Todo lo que hacía era como un ritual, yo lo miraba con ojos de niña, lo admiraba, lo idolatraba.
Era ordenado, metódico, pulcro, prolijo, nunca monótono ni rutinario; matizaba todo con algún chiste, nunca se enojaba, siempre estaba de buen humor.
Estaba siempre impecable, o todo cuanto podía, cuando volvía de trabajar ponía agua fresca y limpia en la palangana enlozada, se enjabonaba las manos, la cara y los brazos hasta arriba del codo, se frotaba con calma y se enjuagaba varias veces, por último se mojaba el cabello negro, engominado, tomaba  la toalla que yo le sostenía apoyada en mis manos mientras lo observaba atentamente; en silencio se secaba y luego se peinaba con su pequeño peine que siempre llevaba en el bolsillo trasero derecho de su pantalón, junto a su impecable pañuelo;  se peinaba hacia atrás, su pelo era lacio, renegrido  y brilloso; al fin me abrazaba y besaba cariñosamente, para luego pasar a la cocina donde mi madre esperaba con una fuente humeante de exquisita comida; yo iba a su lado saltando y corriendo, colgándome de donde podía, de su brazo o de su camisa de trabajo color caqui, él sonreía amablemente y besaba dulcemente a mi madre en los labios.


ADOLFO ANTONIO BAZÁN - 27-09-1932

lunes, 26 de septiembre de 2016

CRAZYRISES, LA BAILARINA - MAIDA FILIPPINI - PALABRAS SUBLIMADAS

CRAZYRISES, LA BAILARINA
por Maida Filippini
Buenos Aires
Mi nombre es Estefanie Tonson, tengo 29 veintinueve años, soy soltera y hasta hoy trabajaba de recepcionista en una empresa muy importante de la ciudad de Stronford. Me encantaba mi trabajo, todos los días iba muy puntual y realizaba todas mis tareas con mucha pasión, sin embargo me sentía incó­moda, como que algo me faltaba.
Un día muy extraño conocí a CrazyRises. Recuerdo que ese día, en la oficina, acomodé mis papeles, chequeé la computadora, atendí a una persona y al terminar fui a comer a un bar. Alli escuché por primera vez una música clásica que me hizo recordar mi infancia.
Al salir del bar, una chica con anteojos negros, choca contra mí, me pide disculpas y se presenta como CrazyRises, la miré y seguí caminando a mi tra­bajo. Ella caminó a mi lado, sonrió y me habló mucho, me contó de la danza, la música clásica, etc. Todo eso me incomodó. Me paré enfrente de ella, le pedí que ya no me siguiera, que sino llamaría a la policía y que no me interesaba la danza. Dentro de mí sentí como una presión, mis ojos se llenaron de lágrimas.
Llegué a mi trabajo, pero no quería hacer más nada, no me sentía bien, entonces me pregunté ¿Quién era CrazyRises? ¿Y por qué me hablaba de algo que ya había olvidado?
Al llegar a mi casa a la noche debajo de mi puerta encontré un sobre con una entrada para ver a una gran bailarina de la ciudad, no entendía quien po­dría haberme regalado eso. ¿Quién pensó en mi? Me pregunté. No es que me guste la danza, siempre la odié. ¿Pero por qué debían recordármela? Tomé la entrada y fui a verla.
Fue todo inconsciente, actué sin pensar, de pronto me encontré viajando; luego bajando del colectivo; después haciendo la cola para entrar y de repente sentada en primera fila esperando el espectáculo.
Si, hasta yo misma me sorprendí cuando me di cuenta que estaba sentada esperando un espectáculo. Esa noche fue maravillosa. No me sentía tan viva desde mi infancia.
Al otro día tenía mis ojos con más brillo, mi corazón lo sentía inquieto; sin embargo.
–No debí ir anoche– me dije a mi misma, mientras acomodaba mi ofici­na. En eso veo que entra la misma chica, con sus lentes negros y sus rizos al viento, se acerca y me dice:
–¿Te acordás de mí? Soy CrazyRises, ¿Qué tal? ¿Te gustó la función?
Yo quedé pálida, y le grité:
–¡No, la verdad, no! ¿Qué derecho tenés de regalarme esa entrada? – Aparecerte. Hablarme de la danza ¿Quién sos?
Ella río tan fuerte que sentí una burla muy grande a mi persona y dijo:
–Who, who, relax mujer, no te mientas a ti misma, mira tus ojos cuánto brillo, solo vine a hacer mi trabajo, déjame ayudarte.
Me repetí esas palabras muchas veces, no entendía nada. La invité muy amablemente a que se retirara, que me dejara tranquila. Ella dejó una tarjeta en mi mesa y solo me dijo: –Esta es tu oportunidad, mi trabajo está hecho. Y se fue.
Me dejaron pensando sus palabras. Su regalo y esa tarjeta que no me ani­maba a mirar. Seguí trabajando, haciendo como si nada, pero todo me pasaba. Tomé la tarjeta al terminar mi jornada. Llegué a casa y lo primero que hice fue prepararme.
Si, prepararme ¿Para qué? No sé. Solo puse música y bailé. Bailé como nunca antes lo había hecho. Al terminar la música solo lloré.
A la madrugada mire la tarjeta y decía que debía presentarme a las 9am en la calle Belgranin 784. Dormí unas horas, me vestí, tomé un café bien fuerte y fui al lugar. No sé ni por qué fui, al llegar tenía miedo, había muchas chicas vestidas de bailarinas y estaba nuevamente ella, si, CrazyRises me daba la bienvenida.
Al verla di media vuelta y me fui. Ella me siguió, me tomó del brazo, la empujé, seguí caminando. Pero sentí que me levantó en sus brazos y así me hizo entrar hasta un teatro enorme, lleno de chicas, con dos jurados que se reían de mis gritos y de cómo me llevaba hasta el escenario.
Comenzó la música y bailé.
Hasta hoy me pregunto ¿Quién es CrazyRises? ¿Por qué apareció en mi vida cuando me sentía vacía? Ella supo de mi sueño y yo me dejé llevar.

¿Quieren saber cómo me fue en la audición? Hoy ya no trabajo de recepcionista, me pueden encontrar en la calle Belgranin 784 y muy pronto iremos a Italia.


domingo, 25 de septiembre de 2016

Marita Rodríguez - Cazaux: POETAS CONTEMPORÁNEOS

Marita Rodríguez - Cazaux: POETAS CONTEMPORÁNEOS: Tapa de la antología POETAS CONTEMPORÁNEOS Obras  leídas por las coordinadoras de la clínica EL GLA i...

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lunes, 19 de septiembre de 2016

SUEÑOS SIN SUEÑO - SANDRA LUCERO - PALABRAS SUBLIMADAS

Sueños sin sueño
 por Sandra Marina Lucero
 Buenos Aires
 Desde niña, muy chiquita me costaba mucho dormir por las noches, me asustaban los ruidos y las sombras, escuchaba el crujir de las persianas de madera del living, el canto de los grillos, que se volvía una especie de mantra nocturno en verano, las ranitas, del campo con que lindaba la casa de mis padres y los perros que aullaban a la luna o ladraban frenéticamente hasta la madrugada, enviándose secretos mensajes perrunos.
En fin, dormir era una tarea difícil, tal vez por eso nunca dormí siesta, necesitaba mucho cansancio para sucumbir a los deseos de la embrujada almohada.
 A veces, otras, muchas veces; me entretenía imaginando historias y en mis sueños; siempre sobrevolaba la calle de mi barrio con ese camisón de plush con florcitas que solía usar, con manguitas largas y puntillas. Nadie me veía, pero, recuerdo ver el auto de mi abuelo estacionado en la puerta, un Ford A de hace unos 80 años, color verde botella, de esos que usaban manija, no alarmas; pero que nadie se robaba.
Veía las casas de los vecinos, reconocía sus patios, sus perros, las sogas con ropa tendida en los fondos, revoloteando con la brisa de la madrugada. Me detenía siempre en el poste de luz de la puerta de casa, allí había enmarañados miles de cables, de teléfono, de luz y vaya a saber de cuantas cosa más. Ese poste siempre me llamó la atención.
Me pasaba horas al anochecer en la parecita de casa mirando a dónde irían esos cables. Había un nido de horneros ahí y me encantaba verlos arreglar el nidito.
Allí el vuelo se detenía y comenzaba a caer, caer y caer hasta que el sueño se hacía insostenible e intentaba llamarme a mí misma para despertarme. Sentía que me aferraba a la sabana y movía con muchísimo esfuerzo una mano y cuando despertaba me daba cuenta, con espanto que aún seguía dormida, entonces intentaba llamar a mi papá, ya eran las tres de la mañana; la hora en el que él se levantaba para ir al trabajo, él se acercaba a mi cuarto y mi voz entrecortada le decía:
–¡Paaa! ¿Me das agua? Él, que había tratado de hacer el menor ruido posible, me alcanzaba el agua, me daba un beso, me arropaba nuevamente y me decía:
 –Duérmase mi princesita de cristal.
Mágicamente descansaba, no había más vuelos, ni ruidos, ni grillos, ni ranitas; la madrugada se hacía envolvente y somnolienta, la brisa se sentía entrando por las ventanas y hamacando levemente las cortinas del cuarto, el zumbido de algún mosquito errante se fundía en mis oídos alejándose, mientras me sumía en un plácido sueño, tan profundo, que era como ser acunada en una nube, suave, acogedora y cálida; ahuecándose como un nido, o el almohadón de raso de un mimoso gatito ...así despertaba por la mañana sin sobresaltos y sin miedos.
 ¡Cuánto extraño ese vaso de agua a las tres de la mañana!
Hoy, entiendo los sobresaltos de mi pequeña hija por las noches, cuando cualquier ruido la despierta o las sombras de su cuarto la asaltan en monstruosas figuras imaginarias.
 Pasan muchos años a veces, hasta que nuestros miedos emergen en letras y forman palabras con las que pedir ayuda.
–¿Seremos capaces de escuchar esos pequeños gritos de auxilio?.. No es fácil oír las vocecitas de otros, si nadie acudió ante nuestro llamado de pequeños...
 –¡Paaa! ¿Me das agua?...

–Duérmase mi princesita de cristal.

SUEÑOS SIN SUEÑO - SANDRA LUCERO - PALABRAS SUBLIMADAS - EDITORIAL DUNKEN - 2016.

domingo, 18 de septiembre de 2016

ANTOLOGÍAS - ED. DUNKEN

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Trenzas de recuerdos - Pinceladas de poesía - Ed. Dunken

Trenzas de recuerdos
por Silvia Norma Bazán
Ciudad Autónoma de Buenos Aires 


Trenza en la mañana el viento,
los rizos rubios de la inocente niña,
con un moño dorado su madre ata,
para que no se escapen los sueños,
cargando ilusiones el tren viene y va,
entre el pueblo y la gran ciudad.

Destrenza en la tarde el viento,
los rubios rizos de la dulce niña,
el moño miel con nuevos bríos la madre ata,
para que no se vayan las ilusiones,
en el último vagón del tren,
rumbo a la gran ciudad.

Rumores de un viaje lejano
oye un día gris la pequeña niña,
imaginose con el vestido de tul,
los zapatitos de charol,
flores yertas en las trenzas,
cargando la maleta de cuero marrón,
llevando todos sus sueños en el tren azul
del pueblo a la gran ciudad.

Hipnosis - Poetas contemporáneos - Ed. Dunken

Hipnosis
 por Silvia Norma Bazán
 Ciudad Autónoma de Buenos Aires


 Sumergido en la hipnosis que provoca
 la miel de tu mirada, fluyo
 por los contornos de tu esencia,
 navego a la deriva en el río de tu aliento.

Absorto en la locura que me invoca
 el néctar de tu piel, culmino
en los rincones de tu alma,
encallando en el puerto de tu recuerdo.

 Susurros lejanos trae el viento marino, eternizando
 el anochecer que te amé,
 cuando la colina encendía el horizonte
y una luna nácar de testigo.

 Voces cercanas me devuelven a la escollera, evaporando
el instante con la espuma,
 cuando la rompiente gritaba tu nombre
 y una lágrima rodaba por mi cara.